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Σάββατο, 30 Μαρτίου 2013

La Santa Escritura y la Santa Tradición

La Santa Escritura y la Santa Tradición


Padre Antonios Alevizopoulos(†) Dr. teología Dr. filosofía

Cuando hablamos de la Santa Escritura y la Santa Tradición no nos referimos a dos cosas separadas, o contrarias, sino un todo armónico, toda la apocálipsis=revelación de Dios en aras de la salvación del hombre.
San Basilio el Grande resume esta doctrina de la ortodoxia con las siguientes palabras: «De los dogmas y las verdades consagradas en la Iglesia, unos los hemos recibido de la enseñanza escrita, y otros, que llegaron hasta nosotros secretamente, los hemos aceptado de la tradición de los apóstoles.
Ambos tienen el mismo significado para la fe. Y nadie de los que tienen aún escaso conocimiento de las instituciones eclesiásticas no se opondrá a ellos... Porque si tratamos de abandonar de las “costumbres” lo que no está escrito, porque supuestamente no son importantes, sin entender, habríamos dañado el Evangelio en su esencia, o mejor dicho, convertiríamos el Evangelio en un “nombre vacío de significado”.
San Basilio el Grande no cesa de mencionar ejemplos específicos de las "costumbres" de la Iglesia en su tiempo, que nadie disputaba ni dudaba, a pesar de que no se encontraban en ninguna tradición escrita.
Por ejemplo (para recordar el primero y más común de todos), ¿quién enseñó por escrito que los que tienen esperanza en el nombre de nuestro Señor Jesús Cristo manifiestan esta fe haciendo la señal de la cruz? ¿Qué texto escrito nos ha enseñado el viraje hacia el Este, durante el rezo? Los logos de la Iglesia durante la bendición del pan y del cáliz de la Eucaristía, ¿quién de nuestros santos nos los ha dejado por escrito? Ciertamente, no nos basamos sólo con lo que los apóstoles o el evangelio mencionan, pero antes y después de la Eucaristía decimos otros logos también, porque hemos aprendido de la enseñanza no escrita que tienen gran poder en la realización del misterio”.
Sin embargo, el mismo padre de la Iglesia se refiere también a la realización de otros misterios sagrados. “También bendecimos”, dice, «el agua del bautismo, el aceite de la unción e incluso el que está siendo bautizado. ¿De qué textos tomamos todo esto? ¿No los conocimos de la tradición silenciosa y mística?... ¿No viene todo de esta enseñanza que fue mantenida mística y no fue publicada, la cual nuestros padres mantuvieron en silencio, sin explorarla mucho y escudriñarla; porque habían aprendido correctamente que necesitamos proteger la modestia de los misterios silenciosamente?”
Esta conservación “en silencio” estaba en la mente de los apóstoles y se refería a la actitud correcta de los creyentes ante el misterio de Dios.
Los apóstoles y los padres, que establecieron, desde el inicio, instituciones en la Iglesia, buscaban de preservar el misticismo. Además, lo que uno se informa fácilmente deja de ser misterio. Esto es el significado de la tradición no escrita”, concluye San Basilio. Pero luego vuelve, y da como ejemplo la homología (confesión) en el santo bautismo y escribe:
De que tradición escrita tenemos la confesión de la fe en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo?  Porque si, habiendo basado en la tradición del bautismo, establecemos la confesión como un elemento esencial del bautismo, siendo consistentes en la piedad, ya que de la misma manera que nos bautizamos así debemos creer; entonces permitidnos, de nuevo por consistencia en la piedad, ofrecer la doxología de una manera similar a la fe. Pero si rechazan esta forma de alabanza como no escrita, entonces que nos presenten pruebas por escrito para la confesión de la fe y también para los otros mencionados”.
Entonces, no hay diferencia evaluativa entre la apocálipsis=revelación escrita y la no escrita de Dios, entre la escrita y no escrita tradición de la iglesia, que data de los primeros siglos eclesiásticos, siendo una parte integral de la vida de la Iglesia a través de los siglos.
Subrayamos que el mensaje del Evangelio está guardado y transmitido por la Iglesia. Los Apóstoles confiaron la enseñanza de Cristo a los pastores de la Iglesia, que están en sucesión apostólica ininterrumpida y garantizan la pureza y la transmisión segura de esta enseñanza a las generaciones futuras. Esta “tradición” o “legado” que se había recibido “una sola vez” de los santos y está siendo transmitida sin “brechas” e “interrupciones” de generación en generación, no constituye “órdenes humanas”, sino es el resultado de la presencia continua del Espíritu Santo en la Iglesia que tiene a Cristo como cabeza.
Cristo no vino para escribir libros, sino para dirigir a los hijos dispersos de Dios en unidad bajo Sí mismo como Cabeza. Ese era el mensaje básico del Antiguo Testamento, que se entiende correctamente con centro la persona del Mesías venidero. Para los cristianos, lo nuevo, el acontecimiento básico no es la composición de algunos libros, que se llamaron Nuevo Testamento, sino el mismo hecho de la salvación en Cristo. Los apóstoles recibieron el mandato de "aumentar" el cuerpo de Cristo construyendo sobre un cimiento, el Cristo. No era su trabajo escribir libros. Sin embargo, los textos que escribieron fueron recogidos después de su muerte por la misma Iglesia y formaron el canon del Nuevo Testamento. Eran libros ocasionales, presuponían el kerigma-discurso oral y no lo hacían innecesario, ni lo sustituían.
El “canon” del Nuevo Testamento (la lista de los libros que pertenecen al Nuevo Testamento) no está siendo entendido sin el camino histórico de la Iglesia. Sin la Iglesia no podemos responder de manera convincente a la pregunta “qué libros pertenecen a la Santa Escritura y por qué”, ni podemos proceder a interpretar la Santa Escritura sin riesgo de crear un sinfín de grupos separados, cismas y herejías que ponen en peligro la sanación y salvación del hombre.
Todos los grupos heréticos, que proyectan un diferente “canon” de la Escritura o que se desvían de la verdad de la Sagrada Escritura, deben su falsedad en esta única razón: Rechazaron la Iglesia y fueron cortados de la comunión con ella. Así perdieron la medida estable del juicio y el punto de referencia que garantizaría la comunión “con todos los santos” y la participación en la fe salvadora que fue dada “una vez” a los santos (Judas 3). Cuando uno rechaza la Iglesia, el mismo se convierte en un punto de referencia y medida de juicio; automáticamente cae víctima del error subjetivo y se transfiere en “otro evangelio” (Gal. 1, 6-8).
Si el hombre mantuviese la pureza de su corazón, el Dios continuaría comunicándose con el hombre de una manera más directa y no necesitaría el logos escrito. Esto significa que los libros de la Santa Escritura fueron dados como un tipo de medicamento que debe utilizar el hombre enfermo. Pero eso no significa que el logos escrito se queda aislado y absolutizado, porque es parte del “patrimonio” pero no es el todo. La santa Tradición de la Iglesia es el todo y esta no se entiende fuera de la Iglesia.
Se trata de la sagrada memoria de la Iglesia, de la experiencia común “de todos los santos” y no de órdenes humanas. Es la sucesión apostólica, directamente relacionada con la enseñanza apostólica y es expresada como una conciencia común de la Iglesia, con “boca” los Sínodos=Concilios Ecuménicos.


¿Que es la apocálipsis=revelación Divina y Santa Tradición?
(Resumen)
 
De acuerdo con la fe ortodoxa la Iglesia no se basa en textos escritos, sino a la confesión de que Cristo es Θεάνθρωπος, (zeánzropos, Dios-Hombre), es decir, en la persona de Cristo, Dios se unió con el hombre “indivisiblemente, inalterablemente, inconfundiblemente, inseparablemente”, y el hombre entró en una verdadera comunión con Dios, en la persona de Cristo se unió hipostáticamente, es decir, en una sola hipóstasis (base substancial), el Dios y el hombre.

El Hijo y Logos de Dios sigue siendo hipostáticamente unido con Su cuerpo y como cabeza de la Iglesia está siembre unido con nosotros (Mat. 18, 20 + 28, 20). La presencia de Cristo energetiza, activa el Espíritu Santo en la vida de la Iglesia (1ª Cor. 12, 3),  es por eso que la Iglesia es “columna y base de la verdad” (1ªTim. 3, 15 – 1ªCor. 2, 7-11).

Al cuerpo de Cristo, “a los Santos” fue entregada nuestra santa fe “una vez”, una vez por todas- el que no pertenece a este cuerpo, no puede interpretar correctamente la santa Escritura (2ªTes. 3, 6. 2ªPed. 3' 16. Jud. 3-4). En este sentido la Santa Tradición es la experiencia de la Iglesia, la memoria sagrada de la Iglesia, consagrada y guardada como un tesoro precioso (2ª Tim. 1,13-14).

La santa Escritura no contiene la totalidad de la apocálipsis=revelación divina. Ya del Antiguo Testamento está subrayada la importancia de la tradición oral y el cuidado de la transmisión de generación en generación (Sal 43, 2 / 44, 1. Joel 1, 3). El Nuevo Testamento apunta que no contiene enteramente todos los logos y las obras de Cristo (Jn 21, 25).

La misma santa Escritura hace uso de la tradición (Núm. 21, 14-15. Mt. 2, 23. Hech. 20, 35. 2ª Tim. 3, 8. Jud. 14). Cristo no motivó a sus discípulos a escribir libros, sino a predicar, prometiéndoles que siempre estará con ellos (Mt. 28, 20) y que les enviaría el Espíritu Santo para quedarse con ellos (Jn 14, 16) y enseñarlos y recordarlos de Su predicación (Jn 14, 25-26) y conducirlos “a toda la verdad”, apocaliptándoles=revelándoles el significado profundo de los logos de Cristo y todo aquello que con sus propias fuerzas no podían “soportar” (Jn 16, 12-15).

Pero también los apóstoles no se limitaron a los textos escritos- impartieron a los primeros cristianos mucho más de lo que registraron “en papel y tinta” (2ª Juan 12. 3, Jn 13-14. 1ªCor. 11, 34). Algunos de los escritos resultaron a tener su importancia actual, porque no fueron mantenidos en la Iglesia: El número de los diáconos (Hech 6, 3), la Orden de las Viudas (1ª Tim. 5, 9), el pañuelo de las mujeres (1ªCor. 11, 5), el lavado de los pies (Jn 13, 14).

El centro de la santa Escritura es la persona de Cristo (Jn 5, 38-39. Gal. 3, 24), sin Cristo no podemos entender la Santa Escritura (2ª Cor. 3, 14). Por lo tanto, la unidad al cuerpo de Cristo, es decir la Iglesia, asegura la pureza de la verdad del evangelio (1ª Tim. 3, 15).

La santa Escritura+ no está dirigida a individuos dispersos, sino a fieles, que están estructurados en un cuerpo. La tradición sagrada es la atmósfera, en la que el cuerpo vive y entiende correctamente la verdad, es la experiencia constante de la Iglesia, su conciencia, no opiniones personales, enseñanzas y órdenes de la gente (Isa. 29, 13. Mt. 15, 3.4.9. Mr. 7, 8. Col. 2, 8).

Con base el tesoro de la memoria sagrada de la Iglesia, el estudio de la santa Escritura conduce a la unidad, no a la división de la Iglesia. De esta manera, se cumple el deseo de Cristo para la unidad de los fieles (Jn 17, 20-21). Por eso los apóstoles estaban recomendando a los Cristianos guardar y mantener las tradiciones, es decir, el tesoro que se les confiaron (1ª Cor. 11,2. Fil. 4, 9), «ya sea por logos, sea por carta» (2ª Tes. 2, 15. 2ª Tim. 1, 13).

Los pastores de la Iglesia fueron colocados en esta posición para vigilar, es decir, ser guardias (= obispos) de la pureza de la vida y de la enseñanza de la Iglesia (Hech. 20, 28-31): «Por lo cual te aconsejo que avives el fuego del don de Dios que está en ti por la imposición de mis manos… Retén la forma de los logos sanos que de mí oíste, en la fe y amor que es en Cristo Jesús. Guarda el buen depósito por el Espíritu Santo que mora en nosotros» (2ªTim. 1, 6. 13. 14). «Lo que has oído de mí ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros» (2ªTim. 2, 2).

En otras palabras, la sucesión apostólica co-camina con la enseñanza apostólica. En este sentido, entendemos las palabras de San Ignacio (110): «Porque Jesús Cristo, nuestra verdadera vida, es la opinión del Padre, así como los obispos que han sido instalados en los extremos de la tierra son con la opinión del Jesús Cristo («en Jesús Cristo Opinión»). Entonces, vosotros también debéis observar la opinión del obispo; cosa que la están haciendo, porque el buen nombre de su Presbiterio, que también es digno de Dios, está armonizado con el obispo, como las cuerdas en la guitarra» (Ignacio, Efes. III, 2-IV,1).

Esta enseñanza no es de hoy- es una convicción de los primeros Cristianos;
«De los dogmas y las verdades que guarda la Iglesia, unos los obtuvimos de la enseñanza escrita, otros que en secreto han llegado hasta nosotros, los aceptamos de la tradición de los apóstoles. Ambos elementos, la tradición escrita y la oral, tienen la misma importancia para la fe. Y nadie de los que tienen aún poco conocimiento de las instituciones eclesiásticas puede tener alguna objeción sobre ellas. Porque si tratamos de abandonar las costumbres que no están escritas, porque supuestamente no tienen gran importancia, sin entenderlo, dañaríamos el evangelio en su esencia o, probablemente, lo convertiríamos en un discurso vacío de significado» (San Basilio el Grande, Sobre el Espíritu Santo, 27 66).

Así en la época del Gran Basilio, aquel que tenía aún «poco conocimiento de las instituciones eclesiásticas», admitía que la apocálipsis=revelación divina fue guardada secretamente en la Iglesia en toda su plenitud. Por ejemplo, San Basilio se refiere a la costumbre «de los que tienen la esperanza en el nombre de nuestro Señor Jesús Cristo» deben revelar su fe «haciendo la señal de la Cruz».

Entonces aquí tenemos una diferencia básica con el mundo protestante. El principio de «sólo la Santa Escritura» deja en descubierto incluso la misma Santa Escritura, expuesta a la «autoridad interpretativa» y la «infalibilidad» de cada pastor.

La Santa Escritura no puede ser absolutizada, porque esto sustituiría el Cristo vivo con la letra de la Santa Escritura, que se deifica separada de la vida del cuerpo de Cristo y de la vida de los santos (Judas 3). La Santa Escritura es «el logos sobre el Dios que pasó por el corazón de los santos es el logos de Dios sobre Dios» (G.Metalinos), la verdad que fue dada "una vez" a los santos (Judas 3), pero no toda la verdad, sino un parte de ella. No puede ser entendida separada de la Iglesia (1ª Tim. 3, 15).

Manual para sectas y grupos para-cristianos
Padre Antonios Alevizopoulos
Dr. Teología, Dr. filosofía
Traducido por: Χρήστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas


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